Viernes, 01 de mayo
Nuestras Historias

A 6 años del hundimiento del ARA SAN JUAN recordamos al Santiagueño David Melean

Tuvo que ser muy tenaz para desarrollar ese germen propio y seguir una carrera ajena a su paisaje, a sus quehaceres y a sus costumbres en aquella porción de Santiago del Estero​, una tierra reseca por los azotes del sol y por la falta de ríos, lagos y agua. Contra todos los obstáculos cumplió su sueño: ser submarinista.

La de Melián es una de las 44 historias que se apagaron hace dos años, el 15 de noviembre de 2017, en el trágico hundimiento del submarino ARA San Juan frente a la costa de Chubut. Tenía 31 años.

Es una historia de esfuerzo, dedicación y pasión. Nadie sabe en qué momento David escuchó hablar de la Armada, pero ya en el colegio primario un día dijo que quería ser marino. No lo tomaron en serio porque, desde los 6 años, se destacaba enlazando vacas y cosechando choclos y zapallos. Tenía tal dominio de los animales, que podía reconocer a distancia ciega cada uno de sus balidos. 

Desde temprano supo que abandonaría su vida de campo, donde ayudaba a su padre y a su tío. David quería estudiar. Iba al colegio con el guardapolvo impecable, el pelo corto y prolijo. Usaba dos pares de zapatillas, unas para la escuela, siempre blancas y limpias, y otras para jugar.

Con los años esa impronta de prolijidad se mantendría intacta, según relata su camarada, el cabo submarinista Rodrigo Chávez, que es parte de la tripulación del ARA Salta: “Fue un soldado de verdad. Uno de los mejores promedios, con una actitud militar intachable. Su porte, su vestimenta siempre elegante, bien presentado, no le encontrabas un defecto ni en su apariencia ni en sus modales; era toda corrección y tenía lo que en la Armada llamamos aptitud militar. David fue un marino intachable dentro y fuera de la institución”.

Llegar a eso no fue fácil. En el secundario tuvo que enfrentar a su abuelo, cuando éste le dijo que no quería que ingresara a aquella fuerza "desconocida". Su tata era el patriarca familiar y en su tierra, la palabra de los mayores es santa.

Fue en 2007 y dos años después se recibió de cabo segundo en la Escuela de Suboficiales de Puerto Belgrano. En su ceremonia de egreso, formó junto a sus compañeros de impecable uniforme blanco. Ninguno de los 13 miembros de su familia -padres, abuelos y ocho hermanos- pudo ir por dificultades económicas. Ni siquiera su madre, aunque él sin pedírselo ansiaba que estuviera allí.

Tampoco pudieron estar allí cuando egresó de la Escuela de Submarinos y Buceo en Mar del Plata, y un oficial le colocó la insignia de submarinista en el pecho. Era un prendedor plateado y angosto con lógica silueta de submarino apostado del lado del honor y del corazón. El triunfo de esa sacrificada batalla también la vivió en soledad.

El último viaje

Para 2017, Melián llevaba 10 años en la Armada y los últimos 4 había estado destinado como sonarista al submarino ARA San Juan. Tenía 30 años, era soltero y ya gozaba de casi un mes entero de vacaciones.

Dos meses antes del hundimiento del submarino, David viajó en soledad hasta su provincia. Aún sin saberlo, fue su despedida de todas las personas con las que había compartido el calor de su infancia. El último retorno al origen.

Había concluido la accidentada navegación de julio -en la que el ARA San Juan tuvo un incidente similar al que terminó en tragedia- y a David ya le habían comunicado que iba a pasar al submarino Santa Cruz, que estaba en reparaciones en el complejo CINAR en Buenos Aires.

Al volver de su tierra natal tendría una navegación prolongada en octubre, la última prevista para él en el ARA San Juan, lo que le permitía acumular millas submarinas para su foja profesional. 

Sabía que luego pasaría 2018 en “la ciudad de la furia” alejado del mar. Pero una vez allí, en esa desconocida Buenos Aires, David tenía previsto pedir el pase a la Antártida. Ese era su próximo sueño: vivir en una base un año entero y convertirse así en el primer habitante de suelo antártico nacido en su tierra santiagueña de El Bobadal.

Tenía un Fiat Palio color verde agua que había comprado dos años antes, fruto del ahorro meticuloso que le imponía su magro sueldo de cabo, ayudado por residir en una base naval, lo que le ahorraba el alquiler.

Sabía que luego pasaría 2018 en “la ciudad de la furia” alejado del mar. Pero una vez allí, en esa desconocida Buenos Aires, David tenía previsto pedir el pase a la Antártida. Ese era su próximo sueño: vivir en una base un año entero y convertirse así en el primer habitante de suelo antártico nacido en su tierra santiagueña de El Bobadal.

Tenía un Fiat Palio color verde agua que había comprado dos años antes, fruto del ahorro meticuloso que le imponía su magro sueldo de cabo, ayudado por residir en una base naval, lo que le ahorraba el alquiler.

La familia de David es numerosa y sus encuentros son una fiesta. Allí se comen grandes asados, se bailan movidas guarachas, se juega al futbol y se disfruta de tomar mate bien temprano con “la mami” bajo el algarrobo. Don Pedro, capataz de estancia y padre de David, siempre fue el encargado de matar los pollos porque el plato preferido de su hijo ni bien llegaba era fideos caseros con pollo de campo. Doña Francisca, su mamá, los amasa mejor que nadie.

Aquella última visita fue especial. Nada quedó por hacer. Fue como si todos hubieran disfrutado más a David que otras veces. Él pasó muchas mañanas junto a su madre y aunque era de hablar poco dijo lo que le parecía importante: que el año siguiente su hermano Jairo se recibía en la Armada. Y también habló de él. Quería preparar a su madre en caso de que algo malo pudiera pasarle.

*Clarin

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