Sábado, 02 de mayo
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Marcha de los Bombos 2025: El latido ancestral de la santiagueñidad cumple 23 ediciones

Más que un evento cultural, la marcha se ha consolidado como un ritual colectivo donde el pueblo santiagueño reafirma su identidad, su historia y su amor por la tierra que lo vio nacer.

Cada año, entre 20.000 y 30.000 personas se suman a este recorrido que ya es patrimonio del sentir popular. Llegan desde cada rincón de la provincia, del país e incluso del extranjero, cargando sus bombos como una extensión del alma. Caminan bajo el sol invernal, al ritmo del parche, celebrando la vida y la pertenencia. Nadie quiere quedarse afuera de esta cita con la tradición.

Mientras tanto, en algún taller artesanal, un luthier santiagueño trabaja con paciencia y saber heredado, uniendo cuero, madera y oficio para dar forma a nuevos bombos. Sabe que su obra no será solo un instrumento: será voz, eco y memoria. Será parte de ese himno legüero que se alzará cuando la marcha comience a recorrer las calles de la Madre de Ciudades.

Un ritual que crece con cada repique

La marcha no es solo un desfile. Es una ceremonia espontánea, una ofrenda de sonidos que evoca a los ancestros, a los patriarcas del monte, a la chacarera que enciende corazones y a la historia viva de una ciudad que este año celebra 472 años de existencia.

Cada bombo que suena es un mensaje de unidad. Cada golpe, una declaración de orgullo. La Marcha de los Bombos se ha convertido en el símbolo sonoro de la santiagueñidad, esa que no se explica, sino que se siente.

Shhhh…”, dice el silencio que precede al primer golpe. Porque en algún rincón de Santiago ya se oye un ensayo. Un tambor repica suave, como si avisara que el momento está cerca. Que ya llega la marcha, esa que nos reúne sin distinción, con alegría, con emoción, con la certeza de que el bombo no es solo música: es identidad.

Orgullo que se comparte

Este 2025, la Marcha de los Bombos renueva su promesa de ser memoria en movimiento, tradición viva y fiesta del alma. En sus 23 años, ha pasado de ser un acto casi íntimo a convertirse en un evento multitudinario sin perder su esencia. Porque cada paso, cada repique, cada lágrima que asoma durante el recorrido, son parte de un sentimiento colectivo que no se negocia: ser santiagueño y celebrarlo a cielo abierto.

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