¿Patriotismo de 90 minutos? La pregunta que nos debemos cuando se termina el partido
Cada cuatro años, las calles se tiñen de celeste y blanco, los balcones se cubren de banderas y un sentimiento de unidad parece curar, al menos por un mes, nuestras grietas. Pero, ¿por qué nuestro sentido de pertenencia parece tener fecha de vencimiento al ritmo de un silbato?
Por 385.com.ar
No hace falta mirar demasiado hacia atrás. Basta con recordar el fervor, el llanto de alegría colectiva y la sensación de que, al menos durante el Mundial, todos remábamos para el mismo lado. Argentina se transformó en un país donde la camiseta no era solo una prenda deportiva, sino un uniforme de orgullo nacional. Pero, pasada la euforia y bajada la persiana del evento, nos queda una pregunta incómoda flotando en el aire: ¿Qué nos pasa el resto del tiempo?
El patriotismo de ocasión
Resulta curioso —y hasta contradictorio— ver cómo el patriotismo se activa como un interruptor de luz. Durante el Mundial, somos capaces de abrazar a un desconocido en la calle, de cantar el himno con una pasión que nos eriza la piel y de defender nuestra identidad con uñas y dientes. Ese "ser argentino" se siente sólido, real, palpable.
Sin embargo, cuando el fixture termina, ese mismo espíritu parece disolverse en la cotidianeidad. ¿Es que nuestro patriotismo es tan frágil que solo puede sostenerse mediante un partido de fútbol? ¿Acaso necesitamos el dramatismo de un penal para recordar quiénes somos y qué país queremos construir?
La patria es mucho más que un gol
Es necesario revisar el concepto. Patriotismo no debería ser sinónimo de festejo deportivo. El verdadero sentido de patria —ese que parece despertar solo cuando rueda la pelota— es el que debería sostenernos en las decisiones diarias.
El compromiso con el otro, el respeto por las normas que nos ordenan, la honestidad en el trabajo, el cuidado del patrimonio público y la construcción de un proyecto común son actos de patriotismo mucho más profundos que el de colgar una bandera en el balcón cada cuatro años.
Si durante el Mundial somos capaces de dejar de lado las diferencias para celebrar un triunfo, ¿por qué nos cuesta tanto hacer lo mismo para superar una crisis, para mejorar nuestra educación o para cuidar nuestro medio ambiente? La respuesta, quizás, es que el fútbol nos ofrece una gratificación inmediata, una victoria que nos pertenece a todos sin esfuerzo, mientras que la construcción de un país requiere una constancia que, a veces, nos resulta agotadora.
El desafío de ser argentinos todo el año
No se trata de abandonar el fútbol, ni de dejar de disfrutar la pasión que nos define ante el mundo. Se trata de entender que nuestra identidad no puede ser estacional. Un país no se construye solo con goles, sino con ciudadanos que mantengan viva la llama del respeto y la solidaridad durante los 365 días del año.
Quizás el mayor desafío de esta "generación mundialista" no sea ganar otro campeonato, sino aprender a trasladar esa unidad que sentimos en los estadios a las calles, a las oficinas, a las escuelas y a la gestión pública.
El patriotismo no debería ser un evento, sino una conducta. Tal vez, si lográramos sentir por nuestro país el mismo orgullo que sentimos por nuestra selección cada vez que suena el himno, no necesitaríamos esperar al próximo Mundial para sentirnos, por un rato, que somos realmente un solo equipo.
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